El legionario romano

Nombre: Legionario romano
Lugar: Roma
Época: Antigua Roma
Arma favorita: Jabalina
Característica: Disciplinados y en constante entrenamiento
El legionario romano fue el núcleo de la extraordinaria maquinaria militar del Imperio Romano durante siglos, las legiones romanas.

Disciplinado, entrenado y duro como una piedra, su imagen llegó a simbolizar el poder, el dominio y la grandeza de uno de los imperios más grandes de la Historia Antigua.

A pesar de esta idílica imagen, la vida del legionario romano era sacrificada y estaba llena de penurias por su equipamiento y entrenamiento, pese a lo cual nunca faltaban aquellos dispuestos a abandonar su hogar en busca de la gloria.

El reclutamiento del legionario romano

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Era muy común que se reclutara a nuevos legionarios de forma local, esto es, en los propios territorios en los que se les necesitaba, y también en las zonas rurales para nutrir de soldados a las legiones romanas.

Los campesinos veían en el alistamiento en la legión  una oportunidad de hacer riqueza y conseguir buenas tierras  tras su licenciamiento.

En épocas de guerra, además, usualmente había levas especialmente en las zonas más cercanas a la frontera amenazada. Por ejemplo, para defender Armenia se reclutó a gálatas y a capadocios.

Esto explica que, aunque a lo largo de la historia de las legiones se hayan reclutado soldados en todas las regiones del Imperio, las cantidades no hayan sido las mismas ya que en muchas ocasiones dependía de la situación.

Una vez resuelto el conflicto, esos legionarios reclutados pasaban a formar parte de las tropas locales romanas para compensar las bajas o eran enviados a otras zonas en las que hicieran falta.

En ocasiones y por motivos disciplinarios, una unidad de legionarios era disuelta; eso no quería decir que volvieran a sus hogares sino que eran repartidos en diferentes guarniciones de otras legiones.

Existían ciertos requisitos y comprobaciones previas ante un voluntario que se ofreciera para ser legionario.

  • Ni esclavos ni libertos podían integrarse en una legión, solo ciudadanos romanos.
  • El voluntario tenía que tener condición de romano de pleno derecho.
  • Se exigía un estado físico saludable, delgado pero musculoso, y gozar de buena vista y buen oído.
  • Era necesario saber leer y escribir

Para confirmar estos datos adecuadamente, el voluntario pasaba por un consejo de revisión (probatio). Cuando se le reconocía como apto (probatus), se convertía en recluta (tiro), situación en la que permanecía durante cuatro meses en los que se sometía a instrucción militar.

Pasado ese tiempo, prestaba juramento y pasaba a servir como combatiente. El oficial le asignaba una tarea que podía ser administrativa, mecánica, de vigilancia o incluso podía excluirle de determinadas actividades si así lo consideraba.

El entrenamiento del legionario romano

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Un ejército como el de Roma no hubiera logrado lo que logró sin tener unas tropas bien formadas y con un duro entrenamiento a sus espaldas basado en la disciplina y orden.

Aún así, no es hasta la época del Imperio cuando encontramos esta instrucción bien organizada,  incluso en lugares fijos designados para ello  y con un encuadramiento propio.

La importancia que los antiguos daban a esta instrucción se nota incluso en la propia lengua latina: Varrón hizo derivar el sustantivo “ejército” (exercitus) del verbo “ejercitar” (exercito). Cicerón nos dejó esta cita en cuanto a la instrucción de los legionarios:

… ¿qué decir de la instrucción de las legiones?… poned en la vanguardia a un soldado de igual valentía, pero sin instrucción, y parecerá una mujer…

Cicerón, Tusc., II, 16, 37

La instrucción de los legionarios, además de formarlos militar y físicamente, formaba su carácter.

El legionario romano tenía que sentirse superior a su enemigo, fundamentalmente los bárbaros.

Para ello tenía que ser mejor físicamente, para lo cual  se exigía practicar deporte y estar en forma ; de esta forma, además, estarían mejor preparados para soportar el dolor de las heridas infligidas en la batalla.

La disciplina (que además recibía culto) se hallaba vinculada directamente con la instrucción.

No se trataba de obedecer a ciegas sino de aprender a ejecutar órdenes y a respetar a los superiores de la misma en que aprendían a manejar un arma o a construir una empalizada.

Además, todo esto repercutía en el carácter ya que los soldados se sentían confiados y seguros de sí mismos una vez que aprendían a llevar a cabo a la perfección aquello que les pedían.

Además, cuando habían realizado una maniobra mil veces, no tenían miedo de repetirla en el campo de batalla.

Los legionarios romanos, además de estar bien preparados para la guerra, eran disciplinados y no protestaban ante ninguna orden, incluso aunque ésta les expusiera a los ataques del enemigo.

 Lo que más importaba era la victoria .

Por este motivo, los legionarios romanos nunca cesaban en su entrenamiento ya que se creía que la ausencia de la misma les haría caer en el ocio y por tanto, en la desobediencia.

La instrucción de los legionarios romanos estaba bien codificada.

Eran los oficiales junto con los suboficiales quienes se encargaban de generar las enseñanzas necesarias que después fueron recogidas y estuvieron en vigor pasado el siglo II y hasta bien entrado el siglo III.

Se crearon incluso leyes que regían esta instrucción; por ejemplo, si un legionario en instrucción hería a un compañero, se le dispensaba. Si esto mismo ocurría fuera de la instrucción, las consecuencias serían muy distintas.

Entrenamiento individual

Los legionarios romanos comenzaban su instrucción de forma individual y de una manera muy parecida a como lo hacen los ejércitos actuales: hacen marchas con ropa cómoda, con todo el equipo de combate o con peso añadido.

Corren, saltan y también hacen pruebas de natación si el entorno lo permite.

Una vez que han moldeado su cuerpo tanto en fuerza como en resistencia, pasan al siguiente nivel:  el manejo de las armas .

Los legionarios romanos aprendían esgrima atacando a una estaca clavada en el suelo (palus) que hacía las veces de enemigo. Pero no solamente aprendían a manejar la espada sino también a lanzar armas como la jabalina o las flechas, incluso a tirar piedras si hacía falta.

Se les enseñaba, por tanto, a manejar el arco y la honda. Lo último que aprendían en este bloque era a montar a caballo, algo que especialmente debían dominar los oficiales.

Entrenamiento colectivo

El segundo bloque de instrucción se basaba en el trabajo en equipo.

Lo primero que hacían los legionarios era  participar en las obras públicas  para que aprendieran a manejar la piedra: construcción de zanjas, puentes, arcos, calles… Pero también templos, casas o teatros.

El emperador obtenía así mano de obra cualificada romana y además, de bajo coste, algo que le permitía mostrarse generoso si en algún momento decidía dar una gratificación extra a estos trabajadores procedentes de las escuelas militares.

Estos legionarios, además, podían trabajar también en minas y canteras para extraer las piedras necesarias para la construcción.

Estos trabajos tenían como objetivo que los legionarios aprendieran a trabajar en equipo, a conocer su lugar y función dentro de la formación y a no perjudicar a los compañeros, algo esencial a la hora de luchar juntos en la guerra.

Para afianzar estas enseñanzas, los oficiales organizaban simulacros de batallas entre distintos grupos.

Los encargados de llevar a cabo la instrucción llevaban el título de doctores, lo que quería decir que se trataba de  personas especializadas en una ciencia o un saber  en concreto que se encarga de transmitir, como por ejemplo el uso de la espada.

Estos doctores podían ayudarse con adjuntos que les asistían y que, seguramente serían sus sucesores. Además, existían supervisores que se encargaban de comprobar que todo funcionaba correctamente.

El entrenamiento de los legionarios romanos se llevaba a cabo originariamente en el Campo de Marte en Roma pero con el paso del tiempo se construyeron emplazamientos especiales para ello, normalmente dentro o muy cerca de un campamento.

Se trataba de lugares austeros, muchas veces con tierra batida por suelo.

Algunos tenían una tribuna desde la que los oficiales instructores podían supervisar los entrenamientos. Obviamente, para las marchas o los simulacros de batallas se servían de la propia naturaleza.

La vida cotidiana del legionario romano

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Bien, ya tenemos a los legionarios formados y recién salidos de la instrucción. ¿Cómo era la vida en el campamento de una legión romana? Los arqueólogos han estudiado sobretodo necrópolis y vertederos para saber cómo era la rutina diaria de los soldados romanos cuando no estaban batallando, y también los textos antiguos.

Gracias a Tácito, por ejemplo, sabemos que la vida cotidiana de los legionarios romanos no era demasiado relajada.

Los legionarios realizaban tareas administrativas, llevaban el correo oficial de un lado a otro, recaudaban impuestos, trabajaban en obras públicas y por supuesto, no dejaban de entrenarse y prepararse para la guerra, especialmente en las guarniciones más expuestas a un ataque externo.

Pero el trabajo de los legionarios no acababa ahí.

El día comenzaba con la formación matinal.

Los legionarios se presentaban ante los centuriones, quienes a su vez se presentaban ante los tribunos y éstos ante el legado, quien les entregaba la contraseña y el orden del día.

Los soldados entonces se dividían en grupos para llevar a cabo distintas tareas: ir a cortar leña, a recoger grano, a buscar avituallamiento y agua…

Otros patrullaban los alrededores del campamento o iban a ocupar puestos fronterizos de vigilancia. Se realizaban tareas de limpieza y se designaba a los centinelas del día.

Y si algún legionario se sentía demasiado vago, siempre podía pagar a su oficial para que le dispensara…

Estos trabajos podían verse interrumpidos por ceremonias, normalmente desfiles que se rubricaban quizá con un discurso y un sacrificio a los dioses.

Los suboficiales escribían informes del servicio y  enviaban a sus superiores relatos con todo lo sucedido en el campamento  y en los alrededores.

También eran los encargados de controlar las provisiones o emitir salvoconductos.

Hacían listas de sus hombres indicando qué hacía cada uno y también detallando si tenían problemas de salud.

Pedían préstamos, hacían recibos, se ocupaban de los salarios y, en fin, se ocupaban de todo lo relativo al funcionamiento y gestión de un campamento militar.

Los castigos

Pero toda esta rutina se debía a una férrea disciplina y a la posibilidad de recibir castigos de diversa índole según los motivos.

Por una falta menor, un legionario podía ser castigado a hacer guardias suplementarias, a ir a prisión, a pasar la noche fuera de las murallas del campamento o a comer algo peor que sus compañeros, por ejemplo, cebada.

El centurión también podía golpearle con el sarmiento, un bastón de mando que le otorgaba el derecho a golpear a cualquier ciudadano romano.

Otros castigos eran económicos: se les imponían multas, se les retenían las pagas, se les degradaba (un legionario podía ser enviado a una cohorte de auxiliares), se les dejaba sin servicio y sueldo…

También había castigos colectivos, como la disolución de una unidad entera.

La pena de muerte también era una opción en casos de traición, deserción o cobardía, y se podía aplicar de forma individual o colectiva.

En este último caso, se escogía al azar a un legionario de cada diez y se le ejecutaba, esto es, se diezmaba una unidad o un ejército entero.

Las recompensas

De la misma forma que existían los castigos, existían los premios y recompensas.

Un legionario podía cambiar a un puesto más honorífico (aunque eso no supusiera ningún otro cambio en cuanto a su estatus o sueldo) o se le eximía de realizar determinadas tareas, ya fuera por un tiempo o durante todo un servicio.

Por supuesto, un legionario también podía ascender, incluso hasta el puesto de centurión, y recibir premios en forma de metales preciosos como el oro y la plata, quizá en forma de medallas u otro tipo de condecoraciones.

¿Cuánto tiempo servía un legionario romano?

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Es difícil establecer con exactitud durante cuánto tiempo servía un legionario romano en el ejército ya que dependía de muchos factores.

Por ejemplo, los legionarios usualmente se licenciaban a los dos años de servicio pero al haber levas cada año, era muy habitual que algunos no llegaran a licenciarse.

Además, en época de guerra se alargaba el tiempo de permanencia en el ejército dejando a un lado la duración oficial del servicio.

Marco Antonio acuñó moneda de plata conocida como denarios legionarios

Por otro lado, si Roma se encontraba en dificultades económicas, podía licenciar una unidad antes del tiempo establecido.

 Los legionarios podían llegar a servir hasta 16 años , más 4 años en los que servían como veteranos, haciendo un total de veinte años en el ejército.

Al final del reinado de Augusto y superada la República romana, veinte años era el mínimo exigido y se dieron casos de legionarios que sirvieron en el ejército hasta cuarenta años, prácticamente toda su vida.

Esta situación provocó revueltas que hizo que se regresara a la cifra de veinte años que podían alargarse tres o cuatro años más.

Las armas del legionario romano y su equipo

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La Columna Trajana, la Columna Aureliana, la arqueología y las fuentes literarias han proporcionado numerosa información acerca del armamento de los legionarios romanos.

Esto no quiere decir que se conozca absolutamente todo, pues en algunos aspectos aún hay abiertas algunas líneas de investigación.

Entre las armas romanas que conocemos, existe una gran diversidad. De hecho, un legionario podía ser representado con cuatro equipos distintos:

  • Equipo de lujo para los desfiles militares.
  • Equipo práctico y eficaz para el combate.
  • Equipo seguro y menos peligroso para la instrucción y entrenamiento.
  • Equipo alegórico para retratarse con él en su tumba.

No existía una auténtica uniformidad en cuanto al equipo de los legionarios, especialmente mientras estaban en campaña y tomaban todo lo que podía serles útil de los vencidos.

Existían también legionarios que formaban parte de la infantería pesada al portar equipo compuesto.

No sería de extrañar, por ejemplo, ver a un legionario llevando un casco tipo galo, protegiéndose con una armadura griega y empuñando una espada romana de herencia hispana.

Además, tras tres siglos de historia del ejército romano se observa una evolución en el equipo y el armamento desde la República hasta el fin del Imperio.

Equipo del legionario romano

  • Casco: los cascos en época de Augusto serían muy simples, unos casquetes con cubrenucas. Evolucionarán al modelo clásico, con penacho y ya en época de Marco Aurelio se generaliza un casco parecido al gorro frigio sin nada que sobresalga.
  • Coraza: los legionarios solían llevar cota de malla; en contadas ocasiones podían cubrirse con una casaca de cuero reforzada por escamas metálicas. Las famosas corazas musculadas estaban reservadas a los oficiales aunque estas armaduras acabaron extendiéndose también a los legionarios con el paso del tiempo.
  • Espinilleras.
  • Escudo: normalmente era rectangular, plano (de origen galo) o abombado (prestado de los gladiadores samnitas). También existían modelos ovalados, hexagonales y circulares, en el caso de la caballería.

 Armas del legionario romano

  • Lanza ligera
  • Jabalina: el famoso pilum romano que con el tiempo se hará más ligero. Tenía punta metálica y en forma piramidal, ideal para romper y atravesar escudos.
  • Espada: el gladius hispaniensis, heredero de la espada de antenas celtibérica. Más adelante será sustituido por una espada más larga.
  • Puñal

Durante los siglos I y II, la combinación de jabalina y espada es la que más caracteriza al legionario romano y la que le resulta más eficaz.

La religión del legionario romano

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Aunque era muy común la fórmula “a todos los dioses y a todas las diosas” para asegurarse la protección y bendición de las divinidades, los legionarios romanos recurrían principalmente a estos dioses:

  • Marte: originalmente parece ser que estaba considerado como un dios de la vegetación y su fuerza productiva, pero su carácter fue evolucionando hasta convertirse en una divinidad propiamente guerrera.  Tuvo un papel importante en la historia de Roma , puesto que se le consideraba padre de Rómulo y Remo. Prácticamente todos los escalafones del ejército ofrecían votos a Marte y como prueba de su consideración como dios de la guerra, tenemos el Campo de Marte, una gran explanada en la que originariamente se levantó un altar a Marte y que sirvió como lugar donde se instruían los soldados y practicaban en tiempos de paz.
  • Hércules: llegó a Roma como influencia de Grecia a través de Heracles. Se le consideraba protector de las armas pero también procuraba la fecundidad de los campos, con lo que ocurre lo mismo que con Marte, una curiosa dicotomía dios guerrero-destructor contra dios agrícola-creador. También era protector de la familia y del comercio.  Muchos emperadores se identificaron con él, especialmente Cómodo , que incluso se puso el apodo Hercules Romanus. Sus valores morales, además, le hicieron objeto de admiración.
  • Minerva: a pesar de que pueda sorprender que Atenea, símbolo de la inteligencia, fuera una de las divinidades preferidas por los soldados, hemos de recordar que representaba también la estrategia militar. Era además protectora de Roma y formaba parte junto con Juno y Júpiter de la tríada capitolina.
  • Los Dióscuros: los gemelos Cástor y Pólux eran a menudo “avistados” por generales que creían verlos luchando junto a ellos en el campo de batalla. Eran adorados especialmente por los soldados de la caballería, pues frecuentemente aparecían representados montados a caballo.

También podemos hablar del culto a otras divinidades menores basadas en términos más abstractos. Así, tenemos a Virtus, que aparece unida muchas veces a Honos.

No podemos olvidar a Victoria, que posteriormente sería relegada por la Niké griega, ni a Fortuna.

En ocasiones encontramos también influencias de cultos orientales como el mitraísmo o cultos indígenas que asociaban al panteón romano.

Además, existían diversos genios protectores vinculados a los distintos espacios y edificios del campamento y también a legiones enteras y cuerpos del ejército.

Por último, también  existía el culto al emperador  y por supuesto, al dios Júpiter.

Además de los ritos religiosos que realizaba todo ciudadano romano y en los que los legionarios participaban como civiles, existían ritos guerreros que marcaban el ritmo de las campañas.

El primero de todos era el juramento que cada legionario hacía para vincularse al general y al emperador en presencia de los dioses.

Esta ceremonia fue perdiendo su componente religioso con el tiempo pero en el siglo III se volvió a reforzar ante la competencia del creciente monoteísmo. Esto provocó algunos problemas con los legionarios cristianos.

Los estandartes y el águila de la legión recibían su propio culto. Se guardaban en una especie de capilla situada en la zona central del campamento junto a la imagen del emperador.

Después, se llevaba a cabo la purificación del campamento y de todos sus elementos, especialmente las enseñas, las armas y las trompetas.

Estos ritos conllevaban sacrificios de animales como ofrenda a los dioses.

El momento de iniciar una guerra también tenía componente religioso: se abrían las puertas del templo de Jano en Roma, se evitaban los días nefastos y se pedía el beneplácito de las divinidades para comenzar las hostilidades.

Una vez alcanzado el triunfo, se realizaban ritos para dar las gracias a los dioses y se llevaban a cabo los funerales de los caídos.

En épocas tardías, se dejaba sobre el campo de batalla un monumento, un maniquí con forma de soldado colocado sobre un montón de armas arrebatadas a los vencidos.

Esta peculiar ofrenda podía fundirse en bronce o esculpirse en mármol.

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Vídeo sobre legionarios romano

Te ha gustado todo lo que has aprendido sobre los legionarios romanos? Pues a continuación te dejamos con este vídeo donde vas a ampliar mucho más la información sobre estos increíbles soldados que cambiaron el rumbo de la historia:

Sobre el autor:

Laura Díaz
Laura Díaz
Licenciada en Historia por la Universidad de Alcalá. Trabajando como guía turística en Alcalá de Henares (Madrid) y como redactora en varias revistas. Mi pasión es la Historia y escribir sobre ella.